La Santa, una vez en el convento, procuró destacarse en la obediencia
y en la humildad. Recordando las palabras de Jesucristo, que dijo:
"No vine a que me sirvan, sino a servir a los demás". Así Santa Rita se portaba como si fuera sierva de todas. La superiora,
para probar su obediencia, le mandó que regase todos los días
un sarmiento seco que había clavado en un rincón del patio.
La Santa cumplió todos los días, obediente, el encargo, entre
las sonrisas de las demás. El Señor quiso premiar este gesto
de obediencia de la Santa, haciendo que el sarmiento seco, en vez de pudrirse
con tanta agua, reverdeciese cubriéndose de hojas y convirtiéndose
en un hermoso parral. Aún hoy, después de tantos siglos,
continúas produciendo grandes racimos de un sabor especial.
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